martes, 29 de julio de 2014

Enemigas intimas.

Era una tarde cualquiera, y como otras, la encontré a ella. Caminaba lentamente bajo un sol pesado de verano. Como cada medio día después del colegio iba hacia casa de mi abuela. Miraba a lo lejos sobre  aquel camino que parecía eterno. Ella me preguntó algo y le contesté, atraída no sé muy bien por qué. Aquello no era nada del otro mundo si no fuera por qué lo teníamos prohibido. Miré a mi alrededor observando que nadie nos viera. Nadie nos podía ver juntas, pues aquello era algo así como un delito muy grave. Ella era morena y de pelo rizado, con rostro redondo y dos grandes mofletes. Una chica alegre, nada parecida a aquella niña taciturna que era yo. Después de caminar y hablar por largos minutos, nos detuvimos bajo la sombra de un gran árbol, cuidé que no hubiera nadie. Y no vi ni un alma. Ella me habló de no sé muy bien qué, estaba absorta en mis pensamientos. Cuando estuvimos cerca de la casa de la abuela, no sabía como desembarazarme, me alejé de ella y nos dijimos adiós, entonces me eché a correr. Me esperan, no recuerdo si se lo dije, y si se lo dije no era verdad. Tenía prisa por desaparecer, tenía pánico de ser descubierta. Luego, cuando llegué a casa, imaginé que alguien nos había visto hablando, me preguntaba si alguna vieja había espiado por la ventana de su casa y esperaba con ansias poder contarlo a mi madre, a mi abuela, o peor, a mí padre. ¿Qué me podría suceder? Me imaginaba algo terrible. ¡Si mis tías lo supieran!, ¡eso sería como ser juzgada por la Santa Inquisición!, pensaba.
Me senté a la mesa y empezamos a comer, cada trozo de tortilla que pasaba por mis manos se detenía en ellas por minutos como si fueran barcos que se movían en el aire o trozos de un molino de viento, entonces creí que ella se lo diría a su madre y que su madre lo comunicaría a alguien y ese alguien se lo diría a mis padres. Tenía que quedarme callada y ella también... Incluso, recuerdo, recé, ¡ella no podía contarlo! pasé del miedo al arrepentimiento ¿Me matarían mis padres si lo supieran? Nadie me preguntó que me pasaba, ni me exigían que comiera más deprisa, no, aquello ya era habitual. Terminé de comer y me levante de la mesa, hice mis deberes y mientras los hacía, pensaba en mi delito y entonces empecé a preguntarme ¿por qué? y no pude comprender nada. 
A la mañana siguiente me desperté preguntándome si mis padres ya lo sabían. En el colegio evité verla. Le giré la cara y al encontrarnos en la calle ella me intentó hablar. Titubeé, pero contesté. Hablamos y así lo hicimos cada día desde entonces, siempre que yo calculaba que no había nadie que pudiera vernos. Me preguntaba que pasaba por su cabeza. Un día me dijo que me regalaría algo, y cuando lo hizo pensé que no podía aceptarlo. A la mañana siguiente nos encontramos del camino al colegio, quien sabe por qué razón salí de casa más temprano de lo habitúal. Ella sacó un anillo del bolsillo de su pantalón, era precioso. Entramos al colegio y no pensé más que en las matématicas y otras materias, pero salir de clases ella me llamo y me dijo: "te lo daré mañana" para luego continuar hablando de cosas que se nos ocurrían camino hacía casa de mi abuela. Bueno, aquello no podía ser tan malo, pensé. Imaginé aquel anillo en mis dedos y luego caí en la cuenta de que mis padres lo descubrirían y caería sobre mí el peso de su rabia. ¡Oh no! no puede regalarme aquel anillo, ¡no puede! pensé. Imaginé que aquel anillo era de su madre y que mis padres, antes de ser enemigos, lo conocían. Aquella tarde no comí, lo recuerdo bien porque fue el día en que nos avisaron de la muerte de la madre de una amiga de mi hermana. Qué extraña sensación, después vino el remordimiento y más tarde, como siempre, el miedo a ser descubierta. Pasaron muchos días y no la volví a ver, creí que estaba enferma y la busqué por doquier. No podía preguntar a nadie, nadie debía saber de nuestra amistad, ¡nadie! Me fuí a casa, cabizbaja, esperando que saliera de algún callejón, que pronunciara mi nombre. Por aquel entonces no sabía que aquello era echarla de menos. Supuse que su madre la había descubierto y que se había negado, o probablemente estuviera tan enfadada como se enfadarían mis padres si lo supieran. 

Cuando llegué a casa mi padre me dijo: tenemos que hablar. ¡La sangre bajó a mis pies!

 Aquella amistad era prohibida.

Tristeza

La noche está hecha de tristeza y
                                           el día
                                                   sabe a tristeza.
No es el suave paladear de la melancolía
                                                           ni su palpitar.
                                                                        Es el olor corrosivo de la tristeza,
el sabor de la tristeza,
                                                   la compañía de la tristeza.

                                                ¿Quién dijo que yo estaba hecha de otra cosa? Mentía. ¿Era verdad?
                                       
                                           Fin,
y lloró la tristeza.